Uno de los momentos mágicos de mi infancia era cuando, algún domingo por la tarde, con mi padre, bajábamos al bar que había debajo de casa. Era el típico bar del extrarradio de Barcelona, en los últimos ´70, en los primeros ´80, lleno de personajes con alcohol en el alma, que pasaban los días acodados en la barra como remeros en galeras que ya no recordasen que una vez tuvieron casa y familia, siempre con un cigarro en los labios que se resistía a apagarse y los dedos amarillos. Tras la barra, Antonio, calendarios de mujeres desnudas junto a un almanaque de alguna Virgen, un jamón con algo más de hueso que de carne, tapas caseras y un suelo lleno de chapas. Un expositor con casettes de Rocio Durcal, Dyango, Julio Iglesias y Los Chichos, una máquina tragaperras en la que echar lo que sobraba de la caña, mesas de fórmica marrón con olor a bayeta y yo, allí sentado, en una de esas mesas, tomando una Mirinda. Un día había una máquina nueva, no una tragaperras, una máquina que tenia algo dentro que yo no acertaba a saber que era. Mi padre cogió una servilleta de papel, fue hacia ella, metió 5 duros, giró una pequeña manivela y, sobre la servilleta cayó algo parecido a cacahuetes, pero con cáscara. Me dijo "pruébalos, son pistachos". Aquella primera vez, comiendo un puñado de pistachos en una servilleta, con él, fue una sensación especial que no olvidaré jamás. Hoy los como siempre que me apetece, pero como casi todo, el exceso vulgariza, se pierde la felicidad del detalle. Además, nunca ya los podremos comer juntos, lo que convierte ese pequeño momento en un gran rato de existencia.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
1 comentario:
Me gusta tu blog,
Publicar un comentario